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Las elecciones generales del 12 de abril de 2026 dejaron un resultado tan ajustado en el segundo lugar que, cuatro días después, el país todavía no sabe quién acompañará a Keiko Fujimori en la segunda vuelta.

Mientras el conteo oficial de la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) avanzaba al 90%, el izquierdista Roberto Sánchez cuenta con el 11,99% de los votos, apenas por encima del ultraderechista Rafael López Aliaga con el 11,93%, una diferencia de menos de 9.000 votos entre ambos.

Fujimori encabeza el conteo con el 17%, en una contienda con 35 candidatos, la cifra más alta de la historia reciente del país. El número por sí solo no basta para reflejar lo sucedido: la jornada electoral fue marcada por desorden y tensión. Un candidato llamó a la “insurgencia”, y los observadores internacionales tuvieron que desmentir públicamente la narrativa de fraude.

Todo eso y Perú aún no terminó de contar... El escrutinio al 100% de las actas se completaría recién entre el viernes y el sábado, pero eso no significa que haya resultado. Todavía quedan las actas impugnadas que se deben revisar antes de proclamar resultados oficiales. En la práctica, la definición de quién acompañará a Keiko Fujimori en la segunda vuelta del 7 de junio podría extenderse hasta la semana que viene. Con menos de 9.000 votos de diferencia, cada acta cuenta.

Para entender lo que ocurrió el 12 de abril, es necesario repasar la última década del país: en ese tiempo, Perú tuvo ocho presidentes en diez años, atravesó sucesivos procesos de destitución presidencial, una disolución del Congreso y mantiene a un ex presidente preso cuya figura sigue siendo bandera electoral desde la cárcel.

El país arrastra una crisis política polarizada desde 2016, con un punto de quiebre en 2022, cuando Pedro Castillo intentó disolver el Congreso por decreto.

A esa inestabilidad se sumó una reforma institucional de fondo: el Congreso promulgó el regreso del sistema bicameral, con senado y cámara de diputados, algo que no existía desde 1992. Las elecciones del 12 de abril fueron, entonces, las primeras en tres décadas en elegir de manera simultánea presidente, senadores y diputados, lo que las transformó, según analistas políticos y autoridades oficiales, en la jornada electoral de mayor dificultad logística en la historia reciente de Perú.

Los organismos electorales ya recibían críticas desde las elecciones de 2021, cuando tanto Rafael López Aliaga como Keiko Fujimori denunciaron fraude, sin presentar pruebas. La desconfianza arrastrada se profundizó. Lo que nadie anticipó fue el desastre logístico que marcó la jornada.

La elección peruana de 2026 tiene tres figuras que encarnan diferentes fracturas internas.

Keiko Fujimori es la única certeza de esta primera vuelta. Hija del dictador Alberto Fujimori, quien gobernó el país entre 1990 y 2000 y fue condenado por crímenes de lesa humanidad, compite por cuarta vez por la presidencia tras haber perdido anteriores ballotages. Su partido, Fuerza Popular, tiene base en Lima y entre quienes todavía recuerdan con nostalgia el orden económico de los 90. Para sus detractores, simboliza impunidad y la incapacidad de la derecha para asumir su pasado. Para sus seguidores, es la única candidata con estructura concreta en un escenario atomizado.

Rafael López Aliaga es el fenómeno que más ha alterado el escenario. Empresario, exalcalde de Lima y ultraconservador de discurso crudo, logró construir su capital político en la capital con una retórica de mano dura, anticomunismo y confrontación con las instituciones. Su fortaleza se concentra en Lima, donde obtiene su voto más consistente. Sin embargo, la capital no basta para ganar a nivel nacional y esa es la razón de su posición comprometida: primero en Lima, en riesgo de quedar tercero en el país.

Roberto Sánchez es la aparición inesperada para la derecha. Presidente de Juntos por el Perú, reivindica públicamente a Pedro Castillo, hoy condenado a prisión por conspiración para la rebelión, portando el sombrero campesino como símbolo. Representa al “Perú profundo”: votantes rurales, indígenas y de regiones alejadas de Lima, el mismo voto que en 2021 nadie vio venir, que llevó a Castillo a la presidencia, y que esta vez volvió a aparecer.

 

 

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