La avicultura francesa atraviesa una de sus semanas más negras. La ola de calor que está golpeando a Europa desde la última semana de junio, con termómetros que superaron los 40°C en buena parte del territorio, ha dejado un reguero de mortalidad en las granjas avícolas de la región Gran Oeste frencés.

Según las primeras estimaciones entre 2 y 3 millones de aves habrían muerto a causa del calor, lo que equivaldría en torno al 1% del censo nacional. Normandía, Bretaña y Pays de la Loire -regiones densamente avícolas- concentran el grueso de la sobremortalidad que ha sobrepasado en un 1.200% las tasas habituales de mortalidad en determinadas regiones.

“El recuento oficial sigue en curso, para obtener información precisa”, dijo Yann Nédélec, director de Anvol (institución aves de carne creada en 2018). Los impactos sobre mortalidad y pérdidas económicas se irán perfilando en las próximas semanas. Por ahora, el Ministerio de Agricultura sitúa el balance total por debajo del 1% del censo nacional, aunque el dato es provisional y podría revisarse al alza.

“Todos los modos de cría -convencional, bio y Label Rouge- están siendo afectados, y aunque el sofoco no entiende de sistemas de cría, todo apunta a que los requisitos legales deberán flexibilizarse para permitir humidificación, ventilación, etc. en mayor grado en los modelos más alternativos”, agregó.

BRETAÑA, EPICENTRO DE UNA HECATOMBE SIN PRECEDENTES.

Bretaña (noroeste de Francia) se ha llevado la peor parte. Según el Ministerio de Agricultura, las aves muertas en la región suman más de 6.600 toneladas durante la semana del sofoco, una magnitud que, por sí sola, ronda el 1% de la producción anual francesa de aves.

La destrucción de tantas aves muertas, solo en Bretaña, supera toda capacidad y las autoridades autorizaron enterrar las carcasas en las propias granjas.

En condiciones normales, los animales muertos se declaran y son retirados por una empresa autorizada, pero su capacidad ha quedado completamente superada. Ante la imposibilidad de absorber el volumen de golpe, los prefectos del Morbihan, Finistère y Côtes-d’Armor adoptaron medidas excepcionales para permitir, previa autorización, el enterramiento directo en las explotaciones.

En el Finistère, la prefectura precisó que 208 explotaciones de aves o porcino recurrieron a esta solución, con un total de 561 toneladas de animales enterradas. El procedimiento de enterramiento se acompañó técnicamente con una hidrogeóloga que asesora en la elección de los terrenos con un objetivo doble: garantizar la salubridad pública y proteger el recurso hídrico.

La medida no se limitó a Bretaña, en Normandía, la prefectura de la Manche autorizó igualmente el enterramiento in situ tras varios días por encima de los 40°C.

EL MERCADO SE RECIENTE.

El mercado ya está sintiendo las consecuencias. La industria carece de carne de ave suficiente y en el mercado los operadores reportan una inestabilidad creciente y una caída en las llegadas de productos. Los distribuidores temen que en las próximas semanas se produzcan interrupciones graves en el suministro de pollo y pavo.

Además, nuevos debates se abren. Ya no es solo si en el verano de 2027 y los siguientes habrá una nueva ola de claro, sino si los requisitos administrativos de las instalaciones se habrán actualizado a tiempo para adaptarse a la nueva realidad climática.

ADAPTACIÓN CONSTRUCTIVA.

El precedente obligado es 2003, cuando el calor mató a cinco millones de pavos y pollos en Francia, el 2% del censo nacional.

Dos décadas y tres años después, con una mortalidad que de nuevo se cuenta por millones, la lección es que los episodios de calor extremo han dejado de ser excepcionales para convertirse en un riesgo recurrente.

Se hace necesario realizar una adaptación constructiva de los equipamientos de los establecimientos, la revisión de los requisitos legales en los sistemas extensivos y dominar el manejo de las aves durante las cada vez más frecuentes y largas olas de calor han dejado de ser medidas opcionales.

El calor no actúa solo: las altas temperaturas estivales disparan también la emisión de gases nocivos en los galpones, un factor que agrava el estrés térmico y que conviene no perder de vista.

Esta ola de calor deja desde ya un balance dramático en el corto plazo; pero su verdadera factura puede medirse en cómo obligue a repensar, de raíz, la resiliencia climática de la avicultura del centro y norte de Europa (la Europa mediterránea y del sur ya lleva décadas de experiencia con instalaciones y manejos ya adaptados para picos de temperatura extremos).



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